viernes, 16 de mayo de 2008

Economía. Instrucciones de uso

Para la mayoría de nosotros la economía es ese oscuro saber que, en el mejor de los casos, intenta explicar por qué no ha pasado lo que predijo que iba a pasar y, en el caso más frecuente, se limita a informarnos –aunque nunca a las claras– de que para que lleguemos a fin de mes es necesario que unos cuantos tengan varios yates y miles de millones en cuentas en las Islas Caimán. Ahora bien, existen algunos economistas que no participan de esta empanada ideológica, y conciben la disciplina económica como un medio para alcanzar el bienestar colectivo desde un enfoque social y ecológico: Anwar Shaikh (New School for Social Research, Nueva York), Gérard Duménil (Universidad de Paris X), Robin Blackburn (Universidad de Essex y miembro del consejo editorial de New Left Review) y Óscar Carpintero (Universidad de Valladolid) son excelentes representantes de esta economía crítica.

Economía política y política económica


CARPINTERO: Uno de los dramas de las sociedades capitalistas es que se apoyan en una teoría económica acientífica, que parte de supuestos irreales y llega a conclusiones inaplicables en las condiciones en las que vivimos. Las asignaciones de bienes y servicios que se producen realmente en nuestras sociedades contradicen sistemáticamente las predicciones de los modelos económicos. Cuando las políticas económicas de los países industrializados se plantean qué producir, cómo producir y para quién producir, y la respuesta pasa por el mercado, el resultado inevitable es la aparición de desigualdades sociales y deterioro ecológico. La mayoría de las políticas que, basándose en la idea de que los mercados asignan recursos óptimamente, han mercantilizado ámbitos o bienes que antes funcionaban al margen del mercado han generado resultados nefastos. Los ejemplos son fáciles de encontrar tanto en la sanidad como en la educación, las pensiones, las prestaciones sociales, etc. En todas estas áreas, la utilización del dinero como vara de medir ha generado un descenso de la calidad de los servicios.

Del neoliberalismo...

DUMÉNIL: Prescindiendo de diferencias locales, podemos considerar el año 1979 –cuando la Reserva Federal de EE UU decidió aumentar los tipos de interés al nivel que supuestamente fuera necesario para acabar con la inflación– como la fecha emblemática de la entrada en una nueva fase del capitalismo: el neoliberalismo. Entonces se definió un programa social cuya meta era restablecer y aumentar los poderes e ingresos de las clases capitalistas a través una nueva disciplina del trabajo y de la apertura comercial y financiera… El poder de las clases capitalistas en el neoliberalismo es inseparable del poder de las instituciones financieras: bancos, fondos buitres, bancos centrales, fondos de jubilaciones, etc. No está claro que se pueda hablar de una estrategia deliberada pero, sin duda, la financiarización de la economía forma parte de un marco institucional que está al servicio de las clases capitalistas.

...a la hipertrofia financiera

BLACKBURN: Creo que la raíz de la actual hipertrofia financiera hay que buscarla en los enormes déficits que se vienen registrando tanto en las cuentas nacionales como en los balances comerciales de las grandes economías mundiales. La persistencia de estos déficits ha ido acrecentando la necesidad de transacciones, formas de crédito e instrumentos financieros muy complejos. Estos cambios reflejan una crisis en el campo de la producción material. EE UU, la primera economía mundial, comienza a quedarse atrás en sus resultados económicos frente al empuje de las economías de China y, en menor medida, India.

Pero hay otro nivel de análisis que es importante: la proliferación de formas de financiarización de la vida cotidiana. Los ciudadanos de los países occidentales se están convirtiendo en centros de coste y beneficio con dos piernas. Se fomenta constantemente el endeudamiento como medio para acceder al sistema educativo, para comprar una casa, para acumular activos... Estas prácticas han ampliado mucho el ámbito de actividad de las instituciones financieras.

Otra novedad importante es la aparición de los mercados de derivados financieros que se apoyan en la cotización de activos subyacentes. En un principio, los derivados financieros se utilizaban más como formas de asegurar las transacciones que como medios para la especulación. A medida que se sucedían los booms financieros de los años ochenta y noventa, el componente especulativo del uso de derivados se fue haciendo cada vez más fuerte. Los bancos han concedido gran cantidad de créditos baratos que han convertido en paquetes de deuda y han vendido como derivados financieros para escapar a las consecuencias de un posible impago del crédito. Este proceso, centrado sobre todo en los préstamos hipotecarios, está en el centro de la actual crisis crediticia. La fase actual de crisis de crédito es claramente una consecuencia no deseada de la forma en que Wall Street ha estado haciendo negocios en los últimos años.

Estado(s) y libre mercado


DUMÉNIL: La inflación de los créditos es un fenómeno típicamente estadounidense, no mundial. Con el neoliberalismo, EE UU ha seguido una trayectoria de desequilibrio exterior creciente y el resto del mundo ha tenido que financiar su economía mediante créditos. La economía ortodoxa sólo tiene un mensaje: "el libre juego del mercado conduce a un estado óptimo". Cuando se manifiesta una crisis, entonces se habla de "disciplina de mercado" como la mejor opción. Esto no cambia el hecho de que los estados en general, y EE UU en particular, intervienen constantemente en la economía, y concretamente están interviniendo en la crisis actual.

Keynes entendió que el sector privado no podía asegurar el control de la macroeconomía, es decir, el nivel de la producción total; ésta debía ser tarea del Estado y para ello se crearon bancos centrales y otras instituciones. Los principios keynesianos de política económica expresan un tipo de compromiso social. De un lado, el Estado maneja la macroeconomía, a través de sus políticas presupuestarias, monetarias y de cambio. Del otro lado, el sector privado organiza la producción, realiza inversiones maximizando sus tasas de ganancias. La teoría marxista permite explicar las tendencias históricas del capitalismo, sus crisis estructurales y sus mecanismos financieros. En este sentido, sigue siendo mucho más eficaz que la teoría económica dominante. Sin embargo, el problema principal en el análisis del capitalismo actual no es la teoría, sino el estudio detallado de los mecanismos concretos, el examen de las variables más importantes.

Contabilidad nacional y fetichismo del PIB

CARPINTERO: El crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) ha sido el objetivo que ha dominado con una mayor contundencia las políticas económicas desde la Segunda Guerra Mundial. El problema es que en el contexto actual se ha producido una perversión y se está intentando utilizar el crecimiento del PIB para resolver los problemas que ha generado el crecimiento del PIB. Convertir el problema en la solución tiene un doble coste: por un lado se oculta el verdadero problema y, por otro, se pierde un tiempo precioso para que la reconstrucción ecológica de las sociedades industriales llegue a buen puerto.

En realidad, el PIB es un cajón de sastre en el que caben muchas cosas. Para cuestionar el PIB primero hay que abrirlo y analizarlo, porque incluye actividades que son renovables y beneficiosas junto a otras que son claramente contaminantes. Una sociedad sostenible no tiene por qué no querer aumentar algunas actividades. Por ejemplo, en una sociedad sostenible tendrían que aumentar las actividades relacionadas con las energías renovables o con el cierre de los ciclos de materiales. Pero es evidente que también hay una serie de actividades que hacen crecer el PIB y que tendrán que desaparecer porque son inevitablemente nocivas.

SHAIKH: Existe una importante distinción entre producción y consumo social que generalmente no se tiene en cuenta. En economía se suele distinguir entre producción y consumo personal, por ejemplo, la fabricación de un coche o de un concierto es la producción de un conjunto determinado de propiedades objetivas para su uso social, mientras que la utilización de un coche o el disfrute de un concierto constituye un acto de consumo personal. Ahora bien, contratar gente para vender acceso o impedir el acceso no autorizado al coche o al concierto es un acto de consumo social, en el que los recursos se usan para definir el modo particular de distribución del producto.
Al igual que la producción, el consumo social utiliza recursos para lograr un fin. Pero a diferencia de la producción, ese fin no es crear nueva riqueza sino, más bien, custodiar la riqueza existente o garantizar su distribución en determinadas formas. La venta privada y las actividades de vigilancia, así como las actividades militares y administrativas del Estado pertenecen a la categoría de consumo social. Esta importante distinción ha sido abolida en las contabilidades nacionales a causa de una especie de fetichismo de mercado. Sin embargo, podría transformar sustancialmente la manera en que construimos e interpretamos las contabilidades nacionales. Es un asunto de gran importancia, en mi opinión, en una época en la que en todos los países se dedican enormes cantidades de recursos a la circulación internacional de bienes y dinero, así como a grandes y crecientes sectores administrativos y militares. Si esas actividades son "producción" entonces al expandirlas se expande la riqueza nacional; pero si son consumo social, entonces al expandirse se expande el consumo de la riqueza nacional.

Capitalismo gris

BLACKBURN: La economía ortodoxa lleva algún tiempo muy equivocada y estamos empezando a padecer las consecuencias de estos errores. La crisis actual se superpone a innumerables muestras de mal funcionamiento de las estructuras económicas y de propiedad dominantes. He tratado de explicar lo que ha sucedido recurriendo al término de capitalismo gris: nos encontramos en una situación en la que, por un lado, existen grandes empresas multinacionales que no son responsables ante sus accionistas y, por otro, nos encontramos con enormes fondos de inversión, como los fondos de pensiones, en los que los beneficiarios no tienen ningún control sobre los gestores de los fondos. Podríamos decir que estamos en un sistema que favorece enormemente a los gestores (insider-biased), que disponen de una información incomparablemente mayor que el resto de los participantes en la economía financiera, ya sean inversores, trabajadores o gente que ahorra para su jubilación. Esta información asimétrica permite una enorme captación de beneficios por parte de esos gestores. Hemos visto claramente este fenómeno durante la crisis de las hipotecas subprime. Como se sabe, un gran numero de bancos han salido malparados de esta crisis. Sin embargo, algunos grandes ejecutivos y empleados se las han apañado bien. Es el caso de Charles Prince, el presidente de Citibank, que ha dejado su cargo llevándose 170 millones de dólares como compensación por su calamitosa gestión. Este es un ejemplo entre muchísimos de una regulación de las finanzas profundamente inadecuada. De hecho, una parte fundamental de este capitalismo gris es la soberanía que ejercen las finanzas sobre la economía real y sobre los gobiernos.

Paraísos fiscales

BLACKBURN: Los paraísos fiscales han sido un factor decisivo en la constitución de lo que he llamado la soberanía de las finanzas. Ahora bien, los paraísos fiscales no proporcionan una total libertad de movimientos a las grandes empresas ni a los individuos muy ricos. Si lo hicieran, ni unos ni otros pagarían ningún impuesto. Cuando una empresa se establece en un determinado país y desarrolla su actividad en el seno de su economía es porque valora ese mercado en concreto y, para aprovecharlo, tiene que obedecer algunas reglas promulgadas por los gobiernos nacionales. Por supuesto, los países con economías grandes, como España, lo tienen mucho más fácil a la hora de hacer valer estas reglas que las economías de menor tamaño.

Los paraísos fiscales no son inmunes a las reglas que se promulguen en lugares como la Unión Europea y que permiten tasar a las grandes empresas. Lo que sucede es que la UE no pone ningún empeño en disciplinar estos paraísos fiscales, aun cuando tiene fuerza suficiente incluso para acabar con ellos si lo desea, ya que en realidad no hay ninguna justificación para su existencia. De hecho, un 90% de los paraísos fiscales del mundo están bajo jurisdicción británica: las Islas Caimán, las Islas Vírgenes, Gibraltar, Malta, las Islas Anglonormandas o la Isla de Man son, en mayor o menor grado, territorios dependientes de Gran Bretaña. Creo que los paraísos fiscales son simplemente una excusa y que se podrían eliminar de un plumazo.

Los límites de la formalización

SHAIKH: No creo que la formalización matemática haya obtenido buenos resultados en economía, salvo en el terreno de la pura elaboración de modelos matemáticos sin ninguna relevancia empírica. La auténtica función de estas formalizaciones es proporcionar una racionalización para el capitalismo, presentándolo como un sistema social ideal para el desarrollo humano. La propia realidad capitalista no se rige por estos modelos y representaciones, y periódicamente les asesta un duro golpe, como sucedió en los años treinta y en los setenta, y como está sucediendo ahora. Por otro lado, el uso de modelos puede ser apropiado en ciertas circunstancias.

DUMÉNIL: Los resultados de los modelos matemáticos son bastante pobres. Se usan algunos muy sofisticados para hacer inversiones financieras, pero no permiten entender la realidad. Las matemáticas son un instrumento que puede ayudar pero no se puede hablar de "un" método en general. Todo depende del problema, de la pregunta. Para interpretar una etapa del capitalismo es necesario combinar aspectos sociales, políticos y económicos; en la teoría de la competencia o del cambio tecnológico, por ejemplo, un modelo puede ser útil, aunque nunca lo explicará todo.

CARPINTERO: Las matemáticas son un instrumento muy potente, pero como bien saben los matemáticos, hay que ser conscientes de los límites de su utilización. En el caso de la economía la teoría se ha construido a partir de supuestos que permitían un tratamiento matemático, en vez de hacerlo al revés, es decir, buscar el instrumento matemático que nos permita construir modelos con las hipótesis que a nosotros nos interesan. La abstracción es un procedimiento científico normal, pero hay que distinguir entre la abstracción que selecciona los rasgos más importantes de los fenómenos de la que selecciona rasgos que ni siquiera ocurren pero que tienen la ventaja de que se pueden tratar matemáticamente. Por ejemplo, la teoría económica ha generado individuos que son autómatas y responden a una única motivación, o un concepto de producción de bienes y servicios que no responde a las leyes más elementales de la termodinámica que dicen que nada se produce de la nada. Esto no son abstracciones, son ocultaciones, mixtificaciones y engaños que no sólo ignoran lo que dicen otras disciplinas, sino también las leyes más básicas del mundo físico.

Georgescu Roegen sabía muy bien que la incapacidad predictiva de la economía está relacionada con el componente cualitativo de los procesos económicos. Los procesos económicos no son lineales e incluyen muchos elementos que no son susceptibles de ser modelizados, el modelo sirve como aproximación, pero su grado de error y su componente aleatorio es tan fuerte que puede describir pero no predecir. Ni siquiera el Estado, con todo su aparato estadístico y su capacidad para recoger datos, puede predecir la inflación a doce meses. A finales de los años setenta, la revista Fortune hizo una encuesta para evaluar la capacidad predictiva de distintas profesiones; pues bien, los americanos confiaban más en las predicciones de los astrólogos que en las de los economistas.

Otra economía

SHAIKH: La economía siempre debería estar relacionada con su contexto y raíces sociales. Para mí, la auténtica cuestión es: ¿debería el mercado ser evaluado en términos de sus resultados sociales reales? Y la respuesta me resulta meridiana: por supuesto. El mercado es uno de los muchos elementos de un entramado social. Es preciso entender que tiene poderosas estructuras de incentivos y patrones intrínsecos, así que intervenir en él requiere una buena comprensión de sus fortalezas y debilidades. Pero a la postre, debería ser un medio, no un fin.

CARPINTERO: Uno de los efectos más positivos de la economía feminista y la economía ecológica es que han introducido en el discurso económico una ruptura con la idea hegemónica de que sólo son procesos económicos aquellos que con mayor o menor arbitrariedad podamos monetarizar. Lo más fácil para la ciencia económica ha sido reducir todos los fenómenos a la vara de medir del dinero y, a partir de ahí, razonar en términos de coste-beneficio, pero hay fenómenos que no se dejan monetarizar y que son fundamentales para la supervivencia del sistema económico. Por ejemplo, todo el trabajo reproductivo que incluye los cuidados de mayores, niños y personas dependientes es fundamental para la esfera productiva. En el caso de la naturaleza sucede lo mismo, difícilmente podemos pensar en el sistema económico sin tener en cuenta los recursos no monetarizables que entran en el proceso económico y los residuos que se generan como consecuencia de la producción de bienes y servicios.

BLACKBURN: Para salir del actual capitalismo de casino se precisa una mejor regulación que permita sacar a la luz la verdadera situación financiera de las empresas, algo que admiten también los capitalistas más inteligentes. Uno de los problemas más evidentes de la financiarización es su fuerte impulso a las desigualdades. El diez por ciento de la población mundial ha ganado enormemente con este proceso a expensas del noventa por ciento restante. Esto ha generado una estructura de la demanda muy desequilibrada que requiere un endeudamiento generalizado para mantener los niveles de consumo de la mayoría de la población, mientras que los ricos son tan ricos que cada vez les resulta más difícil saber qué hacer con su dinero. Dar más dinero a los más pobres es una solución evidente para este desequilibrio. Esto podría comenzar pagando salarios decentes a los trabajadores y granjeros chinos para generar una nueva demanda en la base de la economía mundial y debería continuar con medidas semejantes en los principales países capitalistas. Una reducción masiva de impuestos para los más pobres acompañada de créditos estatales sería una opción.

Pero aparte de estas medidas fiscales y reguladoras más evidentes, hay otro fenómeno al que deberíamos prestar atención: los fondos sociales públicos. Cuando están regulados democráticamente, su potencial para dirigir la redistribución desde los ricos hacia el resto de la sociedad es inmenso. Mi propuesta consiste en volver la vista hacia Rudolf Meidner, antiguo economista jefe de los sindicatos suecos desde los cincuenta hasta los ochenta, que proponía una tasa sobre los beneficios. Las empresas tendrían que emitir un porcentaje de sus beneficios en forma de acciones gratuitas y con estas acciones se constituirían fondos que serían dirigidos democráticamente para financiar el desarrollo regional o para financiar objetivos sociales. Merece la pena examinar esta idea en un momento en el que los países con mayor éxito económico parecen haber abandonado la vieja idea americana y británica de incurrir en grandes déficits públicos a favor del establecimiento de fondos soberanos. Noruega, por ejemplo, esta creando un fondo social para afrontar los problemas del futuro, como los derivados del envejecimiento demográfico o el cambio climático. La posibilidad de financiar este tipo de fondos a través de una tasa sobre las acciones supone una disolución del valor de las acciones que poseen los ricos y las grandes empresas a un ritmo equivalente al 10% anual de sus beneficios, lo que supondría un fuerte contrapeso dentro de las dinámicas económicas actuales. Por supuesto, la condición central es que estos fondos estén controlados democráticamente y gestionados con la mayor transparencia. También debería haber reglas acerca de los posibles usos de estos fondos, por ejemplo, nunca debería gastarse el capital inicial, sólo se podrían utilizar los beneficios obtenidos por dividendos. Al mismo tiempo creo que estas participaciones, que serían cada vez mayores, deberían utilizarse para intervenir en las decisiones que se toman en las asambleas generales de accionistas de las empresas. Creo que este tipo de nueva propiedad social y de control democrático de las finanzas es la vía para ir más allá de los problemas del mundo capitalista de hoy.

Isidro López, Carolina del Olmo y César Rendueles
La Dinamo