lunes, 21 de marzo de 2011

Falacias sobre la productividad y los salarios

La última ocurrencia de la UE y de la secta de los neoliberales es la de intentar rebajar los salarios sobre la idea de ligar salarios con productividad. En España tenemos como representantes de la secta a FEDEA y su “Manifiesto de los 100”. Claro que si se les toma la palabra, ahora en España, con el criterio de la productividad, habría que subir los salarios porque con el aumento notable del desempleo ha aumentando la productividad media del sistema. Pero no hay que aceptar argumentos falsos, ni siquiera cuando son favorables a la parte que los sufre. Ahora no tienen bastante los neoliberales con que sus doctrinas de desregulación y del sólo mercado hayan traído desde la macro la crisis actual –aunque aplicadas por empresarios e instituciones-, sino que ahora quieren rematar la faena trayendo desde la micro el concepto de productividad. El argumento de ligar la productividad marginal –no la media- a los salarios se basa en la idea de que la producción –sea a nivel de empresa o general- aumenta con el empleo, pero que la productividad marginal -que es el aumento de una unidad de bien o servicio derivado de cada aumento de una unidad de trabajo- disminuye. La teoría va más allá y dice que a todos los trabajadores hay que pagarles de acuerdo con la productividad del trabajador más improductivo. En puridad dice que hay de pagarse con el último trabador que entra en la producción, pero dado que la función de producción que simula la producción es elegida convenientemente de tal forma que el menos productivo sea simultáneamente el último. Como se ve, la responsabilidad del último trabajador que se incorpora a la empresa es terrible, porque de su productividad depende el salario de los demás. Pero es que la teoría o modelo marginalista nos dice que por más que trabaje el último que ha entrado en escena no podrá evitar ser menor productivo porque eso se debe a un efecto de saturación del trabajo: a más trabajadores con los mismos medios, menos productivos. Esta teoría es una apropiación indebida de la teoría de los rendimientos decrecientes en la agricultura de David Ricardo (1773-1823), en su aspecto intensivo.

Esta teoría se ha convertido en una creencia, porque no tiene nada de ciencia, siempre siguiendo el criterio de distinción de Ortega y Gasset de su magnífico libro “Ideas y creencias”. Veamos las falacias, incoherencias e irrelevancias de este modelo o teoría:

1) Siempre es difícil saber cuando la secta de los neoliberales hablan de productividad si se refieren a la productividad en el seno de una empresa o se refieren a una supuesta productividad global. Los argumentos a favor y en contra varían notablemente, pero ellos juegan a esa especie de ping-pong para no detenerse en ninguno de los dos terrenos porque ambos les son desfavorables en el plano intelectual.

2) Otra forma de escapismo para los representantes de la secta es si estamos en los normativo o en los positivo. Cuando nos hablan de productividad y sus consecuencias hacen ímprobos esfuerzos por ocultar si se refieren al análisis de la realidad o a lo que debiera ser esa realidad. Veremos que ambos tienen problemas insolubles: si hablan de la realidad, su modelo es irrelevante porque la realidad va por otro camino; si nos hablan de cómo debiera ser la realidad, su modelo es inconsistente.

3) El modelo de la productividad y su ligazón con el salario parte del núcleo duro del modelo marginalista de la producción; de la existencia o de la posibilidad de construir un modelo basado en una supuesta función de producción que ligue esta con sus factores (trabajo, capital, capital financiero, tecnología, etc.). Para que el modelo marginalista de la producción funcione, es decir, para llegar al fin de relacionar productividad marginal –decreciente- con salarios, la función de producción ha de ser crecientemente decreciente, que es lo que se ha mencionado anteriormente. O dicho de otra forma, que los rendimientos han de ser decrecientes. Su correlato en la supuesta función de costes o, simplemente, los costes, es que estos sean crecientes con el fin de relacionar así precios con costes marginales, hallar el nivel de producción y obtener una función de oferta. Si los rendimientos son constantes o crecientes, la relación inversa entre productividad y salarios se viene abajo. Pero pensemos una empresa que quiere aumentar su producción. Para el marginalismo sólo lo puede hacer –al menos a partir de un cierto nivel- aumentando los factores y con ellos disminuyendo su productividad marginal. Pero la realidad, casi en la mayor parte de las veces, va por otro lado, por lo que sí puede hacer ese atrevido empresario es duplicar la empresa. Con ello, al menos, obtendrá rendimientos constantes, pero lo normal es que pueda duplicar la producción ahorrándose el aumento marginal correspondiente de algunos factores, como por ejemplo los gastos de administración, la informática, tecnología, etc. Dicho de otra forma, lo normal es que una empresa pueda duplicar su producción sin tener que duplicar todos y cada uno de sus factores. Si obra así y paga de acuerdo con los criterios marginalista se estará equivocando, bien al asignar los factores si toman los salarios como parámetros (constantes), o si los toma como variables. La segunda consecuencia es que no sabrá su nivel de producción puesto que no tendrá una función de costes creciente que pueda igualar el precio del producto (si este es un parámetro) con su coste marginal. Es verdad que siempre producirá un nivel, pero no será el óptimo. Resumiendo, con rendimientos crecientes (o su equivalente, con costes decrecientes) no tendrá posibilidad de optimizar la asignación de recursos ni optimizar su nivel de producción

4) Otro argumento definitivo contra el criterio de la relación entre el valor de la productividad marginal (precio del producto por su productividad) y el pago del factor (en el caso del trabajo, el salario) nos los da Piero Sraffa[1] cuando señala que el precio de un producto depende de “la desigualdad de las proporciones en que el trabajo y los medios de producción son empleados en la distintas industrias”. A diferencia del marginalismo del análisis parcial (Marshall) en el que se analiza empresa a empresa –y luego el mercado-, Sraffa analiza el sistema económico en su conjunto, al igual que lo hace el análisis Input-Ouput, y de lo cual se obtienen dos conclusiones aquí pertinentes: que la formación de precios y salarios dependen en buena medida del sistema en su conjunto; que los precios dependen tanto de la empresa o industria del bien o servicio en cuestión como del resto del sistema, porque este es suministrador directo y/o indirecto de medios a la empresa de la que queremos saber sus precios y salarios. Y no sólo existe esta dependencia espacial, sino también temporal, porque hay que retroceder en el tiempo, porque eso que se llama capital es simplemente trabajo fechado. Vemos este aspecto después, pero esta visión sirve para destruir cualquier análisis parcial de la productividad y de la formación de precios y salarios. La conclusión es la de que la productividad que afecta a un producto y al factor correspondiente depende de toda la productividad del sistema económico y no sólo de la empresa en cuestión. Y del análisis de Sraffa se deduce que no siempre existe o debe existir esa relación entre salarios y productividad (excedente en Sraffa), sino que la distinta composición entre trabajo y medios de producción de toda la economía puede cambiar esa relación inversa que se da si sólo se explica productividad y salarios empresa por empresa.

5) La función de producción chachi, la que permite ligar productividad y salarios de una forma determinada, es incoherente. La cosa empezó en el Cambridge inglés por los años 30 con Joan Robinson preguntándose qué es eso que llamamos capital, cómo se mide y cómo se agrega; siguió con Sraffa en 1960 con la obra mencionada, aunque gestada desde los años 20, también en el Cambridge inglés, considerando que eso que llamamos capital físico, es decir, el conjunto de los medios de producción, se reduce o se pude reducir a trabajo fechado; siguió con el intento desesperado de última trinchera de Samuelson en 1962[2] con su función subrogada de producción, y, por último, acabó con la refutación de forma brillante por Garegnani (Heterogeous Capital), Pasinetti, Kaldor, Dobb, Bhaduri, Nuti, etc. No hay manera de construir una función de producción con carácter general de tal forma que de ella misma y por sí sola se pueda derivar la retribución de los factores. Los medios de producción de cada momento no son regalos de marcianos, sino obra del trabajo en algún momento anterior; el capital no es agregativo porque no hay forma de sumar, por ejemplo, una grúa de la construcción, un vehículo de transporte, el vestuario de un teatro que utilizan los actores, el ordenador de un oficinista, una lonja de un puerto o la energía eléctrica consumida en las empresas.

6) Los marginalistas tienen un último recurso: partir de Walras e intentar llegar a un modelo competitivo global, porque los criterios de la productividad de empresa por empresa son incoherentes o irrelevantes. El marginalismo ha intentado mediante dos teoremas llamado del bienestar, ligar las supuestas bondades de un modelo de equilibrio general –y con ello el de ligar productividad y salarios – con otro modelo a su vez de competencia perfecta en todos los mercados presentes y futuros. Son muchos los supuestos que hay que hacer para ese maridaje, pero el principal es que carece de realismo. En la realidad no existe competencia perfecta –precios-aceptantes en la jerga marginalista- en casi ningún mercado. Los únicos que pueden alcanzarlos son los mercados que funcionan a la velocidad de la luz: los de cambios, títulos, opciones, futuros, divisas. El modelo de Walras[3] y todos los que han intentado perfeccionarlo (Bortkiewicz, Kaldor, Arrow, Debreu, Pantinkin, Neghisi, Jaffé, Walker, etc.) no han solventado satisfactoriamente los problemas de la existencia de bienes públicos, rendimientos crecientes, efectos externos, falta de información, información asimétrica, intercambio a precios falsos, el irrealismo del tâtonnement walrasiano; y ello a pesar de Wald y los teoremas del punto fijo. La falta de realismo es la tumba de la teoría marginalista de Menger-Jevons-Walras y sus continuadores. Y a pesar de ello, los modelos que se estudian –como la función de producción Cobb-Douglas- parten de esta falacia: la de dotar de realismo implícito lo que no lo tiene, la de la mentira. También la de la incoherencia señalada de la función de producción, núcleo duro de todo esto.

7) Para que se entienda todo esto para el lector no especialista diré que esta teoría marginalista de formación de los precios y asignación de los recursos tuviera visos de realismo debería ocurrir que cuando compramos un bien o servicio debiéramos primero vocear en el supuesto mercado de ese bien o servicio a qué precio estaríamos dispuestos ha efectuar la transacción y esperar a que un responsable del mercado (un subastador) tomara nota de las ofertas y demandas de ese bien o servicio y comprobara que coinciden las cantidades ofertadas con las demandadas a un determinado precio. Si no coinciden, ese supuesto intermediario o subastador debiera aumentar el precio si la cantidad demandada superara a la ofertada y bajarlo si ocurre lo contrario. Entonces, y sólo entonces, compraríamos ese bien o servicio. Entonces y sólo en ese supuesto habría la deseada asignación óptima de los recursos de los marginalistas. Y eso para todo: cuando compramos el pan, el periódico, alquilamos un piso, lo compramos, nos vamos de vacaciones a través de una agencia, vamos al supermercado, hacemos un seguro, un fondo de pensiones, etc. Como teoría normativa tiene o puede tener su interés; como análisis positivo de la realidad no puede ser más peregrino y descabellado.

8) Aún en el supuesto hipotético y milagroso de que la teoría marginalista funcionara en la realidad, las asignaciones de recursos a que dar lugar o de las que parte son perfectamente compatibles –en realidad es independiente- con un distribución de la renta en la que el 1% de la población tuviera el 99% de la renta y la riqueza y que el 99% restante tuviera sólo el 1% restante. Casi hay que dar las gracias que no funcione, a pesar de que hay que reconocer que al menos nos quedaría el consuelo –si funcionara- de que estaríamos en el óptimo paretiano de las asignaciones. Algo es algo, pero es tan poco, incluso desde el punto de vista normativo, porque la labor más importante para una planificación de la economía sería la redistribución de la renta y la riqueza y, secundariamente, ocuparse de las asignaciones eficientes. Oskar Lange utilizó los conocimientos de la época sobre el marginalismo para demostrar la posibilidad de un cálculo racional de una economía planificada, saliendo al paso de los ataques Von Mises sobre la imposibilidad racional de tal pretensión[4]. Es decir, se daba –y se da- la paradoja de que el intento de construir una teoría que explique y justifique una realidad injustificable desde el lado de la ética e irrealista, ha servido para demostrar en el plano teórico la posibilidad de llevar a cabo una planificación que permita ambas cosas: reasignar los recursos con criterio éticos previamente y, después, volverlos a reasignar con criterios de eficiencia. No obstante, la tentación de utilizar estas ideas marginalistas es muy fuerte a pesar de su falsía. La razón es doble: coloca en pide de igualdad el capital y el trabajo, y justifica pagar menos porque los que utilizan el argumento lo hacen en períodos de crisis. Hasta un economista español de cierta reputación internacional y con algunos cargos en instituciones privadas y públicas como Guillermo de la Dehesa cae en la tentación de utilizar estos falsos fundamentos para defender algunas ideas de índole práctico[5]. Yo prefiero quedarme con su último libro[6].

9) Los neoliberales que defienden relacionar en momentos de crisis productividad y salarios no tienen en cuenta los posibles efectos macroeconómicos de tal hecho. Si ahora, en plena crisis de consumo en España, con un aumento indeseado del ahorro desde el punto de vista de las ventas (producción), rebajamos los salarios, las consecuencias pueden ser nefastas para el consumo y la producción. Los empresarios, como casi siempre, pegándose un tiro en los pies con el tema de los salarios. Ni ahora ni hace tiempo tienen las empresas problemas de costes laborales; lo tienen de costes financieros y de ventas. Y ello se agudiza por el aumento del paro y el menor consumo derivado la disminución de las rentas salariales; con el tiempo, también de la reducción de las pensiones. Una de las explicaciones de la crisis –la mundial y la española- es precisamente la de la ruptura del equilibrio –o de los equilibrios- entre producción y consumo. Ahora se ha roto porque se consume demasiado poco, por más que diga increíblemente el Sr. Rajoy que hay que ahorrar más. Hay que decir que la participación de las rentas salariales en la renta ha ido disminuyendo paulatinamente desde hace décadas y ello ha agudizado probablemente la crisis. Las rentas salariales, junto con las pensiones, son el componente más estable del consumo porque sus valores unitarios –por persona o familia- no permiten el ahorro. Pues bien, parece que lo que se intenta ahora por parte de los neoliberales -los FEDEA en España- es aumentar aún más el desequilibrio entre producción y consumo.

En España tenemos el problema contrario: por diversas circunstancias los salarios son muy bajos y el resto de las retribuciones (intereses, remuneraciones no salariales, etc.) muy altas. Ello nos lleva a un consumo insuficiente y por ende a una producción también insuficiente para dar empleo a todos los que quieren trabajar. Con salarios tan bajos como el de los españoles se dificulta la creación de empresas económicamente solventes y cumplidoras de sus obligaciones legales y fiscales porque la competencia de las que no lo son es muy fuerte. El otro efecto indeseable de salarios tan bajos supone la ruptura del equilibrio entre producción y consumo antes mencionada en cuanto aumenta el paro a consecuencia de un consumo insuficiente; lo contrario en los momentos álgidos de la economía: un consumo excesivo por el aumento de las rentas no salariales, como ha ocurrido con la especulación inmobiliaria, ha roto también ese equilibrio. Ambas cosas se deben a lo dicho anteriormente: las rentas salariales y las pensiones, debido a su poca capacidad de ahorro, mantienen la estabilidad de la demanda agregada y, con ello, la producción agregada.

También sería deseable en mi opinión dos cosas: aumentar notablemente el salario mínimo y dividirlo en dos. Uno para los contratos indefinidos y otro para los temporales, siendo el mínimo de estos últimos notablemente más altos que el de los indefinidos. Con ello el empresario tendría dos verdaderas alternativas y retrataría sus intenciones: podría elegir entre costes de despidos altos, pero con costes salariales moderados (indefinidos) o costes de despido casi nulos, pero con costes salariales mensuales más altos. Es una lástima que los sindicatos no recojan iniciativas de este tipo en sus reivindicaciones.

Si la secta de los neoliberales quieren ligar salarios -o remuneración en general por el trabajo-, tienen tarea que hacer entre los consejeros de las grandes empresas del país: ¿se merecen estos cobrar de media un millón de euros al año por su trabajo?

Creo que los sindicatos les toca resistir a estos intentos neoliberales de rebajar los salarios con falsos argumentos por dos cosas: por el bien de los asalariados a los que representan y por el bien de la economía del país.


[1] Producción de mercancías por medio de mercancías, (1960), pág. 30.

[2] Parable and Realism in Capital Theory: The surrogate Production Function.

[3] Una larga polémica: el tâtonnement walrasiano, Julio Segura:

[4] On the Economic Theory of Socialism, Oskar Lange, 1938.

[5] Salarios y Productividad, en El PAÍS, Negocios, n. 1321.

[6] La primera gran crisis financiera del siglo XXI, 2009.

Antonio Mora Plaza. Economista
Nueva Tribuna