lunes, 4 de abril de 2011

Las agencias de «rating» desatan la ira europea

Metieron la pata hasta el fondo. Fueron incapaces de prever la caída de imperios como Enron, Lehman Brothers o AIG, por citar solo tres de una larga lista de ejemplos. Es más, hasta el mismo momento en el que mordieron el polvo, esos gigantes con pies de barro exhibían sus mejores recomendaciones. Y, pese a errores tan garrafales, nadie las ha oído entonar ni siquiera algo parecido a un mea culpa. Ahora se pasean por Europa sacudiendo los cimientos del Estado del bienestar con cada nueva rebaja. Y eso porque los clamorosos fallos cometidos en el pasado no han erosionado ni un ápice su poder.

Hablamos de las agencias de calificación de riesgos. Esas que se dedican a recortar sin piedad las calificaciones de la deuda de algunos países europeos (España, entre ellos) en el peor momento, causando con ello un gran daño a sus ya vapuleadas finanzas públicas. Porque, no hay que olvidarlo, la consecuencia más inmediata de un rebaja de rating es el encarecimiento de la refinanciación de una deuda a la que, con esa losa a la espalda, no le queda otra que multiplicarse de manera exponencial.

Esas mismas que hicieron leña de Grecia y acaban de colocar a Portugal solo un peldaño por encima de los bonos basura. Pero también aquellas cuyas calificaciones enarbolaban con orgullo no hace mucho los mismos Gobiernos que ahora las demonizan.

¿Quiénes son?

Hay muchas, unas 170 en todo el mundo. Pero son solo tres las que de verdad se reparten el pastel de las calificaciones: Moody?s, Standard & Poor?s y Fitch. El tridente controla más del 90% del mercado. Las dos primeras son las más potentes, con casi el 80%.

¿Qué significan sus calificaciones?

Sus notas van desde la codiciada triple A, que viene a significar que es más fácil que las ranas críen pelo que quien la exhibe deje de pagar su deuda. Hasta la D, que viene a decir todo lo contrario, algo así como «olvídate de tu dinero porque no lo volverás a ver». En el medio están los bonos basura, nivel a partir del cual la inversión se considera altamente especulativa porque las probabilidades de no recuperar lo invertido son muy elevadas. Grecia ya está en esa situación y Portugal, a un paso.

¿Quién les paga?

Cuando nacieron, a comienzos del siglo XX, tras el llamado pánico bancario que hundió Wall Street en octubre de 1907, los que pagaban sus servicios eran los inversores. Pero eso generaba conflictos de información privilegiada. Y, con el paso del tiempo, cuando los análisis se hicieron más profundos y los costes más elevados, la factura acabó en manos de los calificados: Gobiernos, empresas, bancos y cajas, entre ellos. Un modelo de negocio muy criticado, en tanto que se puede pensar que no es muy conveniente contrariar al cliente.

¿Cuánto le cuestan a España sus notas?

No hay cifras oficiales, pero las oficiosas hablan de que la factura que abona cada año el Gobierno a las tres agencias se mueve en una horquilla que va desde los 360.000 hasta los 530.000 euros.

¿Por qué son necesarias estas calificaciones?

Nos guste o no, lo cierto es que los inversores no se fían de una emisión de deuda que no esté bajo el paraguas de, al menos, una de las tres grandes. Se puede apelar al mercado sin rating, pero seguro que el que compre los títulos va a exigir una rentabilidad mucho mayor para confiar su dinero al emisor.

¿A quién pertenecen?

En el caso de Moody?s, su principal accionista es el multimillonario inversor estadounidense Warren Buffet, que, a través de su compañía, Berkshire Hathaway, controla el 12,3%. Entre sus propietarios figura también la mayor gestora mundial de fondos de inversión, Blackrock. Standard & Poor?s es una filial de la editorial estadounidense McGraw-Hill. El mayor accionista de Fitch es la firma francesa de servicios de inversión Fimalac, presidida por Marc Ladreit, una de las mayores fortunas de Francia.

España paga cada año entre 360.000 y 530.000 euros por las calificaciones

Los mismos que hoy las demonizan exhibían sus notas con orgullo no hace tanto.

Mercedes Mora
La Voz de Galicia