miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cómo hundir bien hundido a un país

Por lo visto, debemos hacernos a una idea: todos los lunes tienen altísimas probabilidades de convertirse en «lunes negro». Si repasamos las fechas en que las Bolsas se han dado los grandes batacazos, han sido en esa fecha. Pero tampoco hay que desesperar: las malas noticias avanzan al buen ritmo que necesitan los desastres, y ya hay otros días de la semana que no quieren dejar la exclusiva del malaje a los lunes, y también los viernes empiezan a prometer desgracias. Y además, con tono y tendencia tan implacable como generalizada. Cualquier declaración es un hacha, y cualquier situación arrastra a todos los sectores. Da igual que la banca de otros países sea la que sufre los riesgos de Grecia: lo acaba pagando quien invirtió en una constructora, en una empresa tecnológica o en un grupo de comunicación. Los demonios de la crisis arrasan todo. 

Al mismo tiempo, los famosos y denostados mercados han descubierto la mejor forma de arruinar un país, en medio de la pasividad de sus vecinos y socios: con los tipos de interés que aplican a la deuda soberana. El mecanismo es endiabladamente sencillo: se elige una nación que haya gastado mucho o tenga cuentas dudosas, ni siquiera es preciso que tenga una deuda tan abultada como Italia; se lanza una información que diga que ese país tiene dificultades para pagar; se insta a una agencia de rating tipo Standard & Poors o cualquier otra a que rebaje la calificación del país, cosa que suelen hacer motu propio, y ya está: la prima de riesgo se pone por las nubes, y los intereses a pagar por la deuda pueden superar el 10 % anual.

Grecia lo ha superado hace tiempo, Portugal se aproxima peligrosamente, Italia puede alcanzarlo, y España ya está cerca del 6 %. Lo que sigue a continuación lo imaginan muy bien quienes han firmado una hipoteca. Como tengan que pagar el dinero prestado con intereses como los de Grecia, o encuentran una mina de oro, o les suben descaradamente el sueldo, o los desahucian. Lo más probable suele ser el desahucio.

¿Y qué hacen los vecinos y socios poderosos que asisten al desastre? Primero, procurar que no les pase a ellos. Y segundo, pedir a ese país que baje sus gastos, que suelen ser los sociales. Solo le echan una mano si quita pensiones a los jubilados, machaca a los funcionarios, rebaja la sanidad o desampara a viudas. El escenario que queda después es el siguiente: los necesitados de ese país, más necesitados todavía, y los potentados que compraron deuda, forrados, porque no hay actividad económica que proporcione más beneficios. Y así, de esta forma tan sencilla, se esquilma una nación. Es el robo mejor organizado que conozco. Y se practica con la más exquisita impunidad.

Fernando Onega
La Voz de Galicia