jueves, 27 de octubre de 2011

Crisis financiera: una visión diferente

La religión es inconcebible sin el concepto del pecado. Del mismo modo, la economía de mercado libre, aunque muchos -empresarios, comentaristas, periodistas, los mismos economistas de renombre- la imaginan inmaculada, digamos como una biblia reveladora de principios y procedimientos cuya aplicación asegura prosperidad para todos por donde quiera que reine, gesta condiciones tan poco celestiales que se hace necesario suscribirla a mandamientos muy estrictos. Uno de ellos es nunca dejar de prevenir el fenómeno recurrente que engendra: la crisis financiera, posiblemente su pecado capital. Otro es nunca suponer que su paso reparte penurias y penitencias a todos por igual, ni que las heridas cicatrizan sin dolor. Y otro más: nunca hay que trepidar para señalar con claridad la responsabilidad de los principales agentes e instituciones que la gestaron, ni para intervenir con firmeza a fin de contener sus efectos más nocivos sobre el bienestar económico de sus víctimas.

Ignorar estos mandamientos significa acoger un nuevo amanecer, de gloria para los pocos que se alzan con fortunas, de desdicha para los muchos más que encaran drásticos recortes de sus ingresos o la amenaza de la cesantía prolongada. Tal es el balance que arrojan las crisis que se han sucedido en el mundo a lo largo de los últimos 150 años, mas la presente puede causar estragos de mayor magnitud porque se incuba en condiciones parecidas a las que dieron lugar a la más funesta de todas, la Gran Depresión de la década de 1930. Tanto 2008 como 1929 fueron precedidos por años de crecimiento explosivo de títulos financieros de libre compra y venta en mercados significativamente globalizados y que a la postre, por la falta de capacidad de la economía real de generar los recursos suficientes para honrar las obligaciones de pago, revelaron su farsa congénita, su origen verdaderamente especulativo, su valor, a la luz de los hechos, ficticio. Pero también, sobre todo, la crisis actual asoma con mayor gravedad porque las soluciones que hasta el momento se plantean no avizoran el aprendizaje de las lecciones heredadas de esa época terrible. Basta revisar las medidas tomadas desde fines de 2008 a la fecha. En Estados Unidos, salvo un tímido programa de estímulo fiscal que impidió una recesión de mayores proporciones, la austeridad y reducción inmediata del déficit presupuestario son el norte de la política económica. En la Unión Europea prima la misma convicción, y de modo mucho más fuerte. En ambos casos se privilegia el rescate de los acreedores, a cualquier precio, y no se morigeran los términos de las deudas pactadas, ni la hipotecaria en Estados Unidos, ni la soberana en Europa. En ambos se concibe, sin hacerlo explícito, la "vuelta a la normalidad" mediante el ajuste hacia la baja de los salarios, y el empleo. En ambos se hace lo imposible para proteger la rentabilidad del capital financiero. 

Es pertinente preguntarse cómo y por qué hemos llegado a esta situación. La verdad es que no es difícil explicarlo. Desde hace tres décadas, las empresas financieras, sobre todo la gran banca, se ha dedicado a cualquier cosa menos a hacer bien su trabajo. Digámoslo sin tapujos: la función verdaderamente productiva de la banca es facilitar la creación de riqueza. Mas cuando este principio se viola, cuando se pretende que la riqueza se cristaliza no en la producción de bienes y servicios sino en títulos que confieren derechos legales sobre los ingresos que generan los activos reales, la actividad bancaria alza vuelo propio, inunda el mercado de acreencias y, como sanguijuela gigantesca, succiona los ingresos de países, empresas e individuos para redimirlas. Operando en mercados progresivamente más competitivos y alentada por la promesa de márgenes de utilidad superiores a los ofrecidos en todos los otros sectores de la economía, la gran banca, sobre todo la norteamericana, se convirtió en un gran casino para ofrecer un sinnúmero de apuestas a través del suministro de productos financieros que expresaron, mucho más que su utilidad económica y social, la habilidad de los que los inventaron y de los que se las ingeniaron para venderlos en los mercados. Sin duda, un cambio de rumbo transcendental: paso al costado del tradicional analista bancario, aquel celoso de la administración de un buen crédito por un lado, y encumbramiento por otro del alquimista y comerciante; además, celebremos su gloria en la forma de jugosos bonos. Fue la locura desatada, con gerencias y directorios bancarios desprovistos de incentivos para contener la creación y colocación de productos cada vez más exóticos, y con reguladores públicos incapaces o renuentes a entender y mitigar los altos riesgos que se gestaban. Y quien todavía tenga dudas de esta insania recuerde que hacia 2008 el valor estimado de mercado de las derivadas, superaba nada menos que en diez veces la producción total de bienes y servicios en el mundo entero. ¿Cabe entonces sorprenderse de que en ese mismo año las utilidades generadas por el sector financiero de los Estados Unidos constituyeron ya no el 9% alcanzado en 1980, sino el 41% del total generado por la economía entera? He aquí la raíz de su poder para, a través de los gobiernos de turno, posibilitar, en los años 90, el abandono en los Estados Unidos de la legislación que puso fronteras precisas a las operaciones de la banca comercial, o para imponer por ejemplo, en los países asiáticos sacudidos por la fuga de sus divisas, la apertura de sus mercados de capitales. Más recientemente, a partir de 2009, es este mismo poder que le permite incorporar a debate público solamente aquellas propuestas de solución de la crisis que no les representan costos mayores o, de modo vergonzoso, legitimar lecturas e interpretaciones de sus causas que los absuelve de responsabilidad. 

Esta captura del marco regulador y de la política financiera en general por parte del sector financiero, sin embargo, no lo explica todo. Hay otro factor no menos importante: el papel que juega la ideología, la misma que confiere legitimidad a marcos conceptuales económicos de donde surgen propuestas de políticas que son francamente descabelladas. Solo la fe ciega en la bondad del libre mercado puede explicar que se discuta con seriedad las ventajas de contar con mercados financieros, sí, hay que exclamarlo, auto regulados! En 1995, en ocasión de la crisis mexicana que también hizo tambalear, por ósmosis, a la economía argentina, se le escuchó decir a un prominente economista del Fondo Monetario Internacional que si era necesario que en este país se elevara la tasa de interés al 20, o 25, o 30 por ciento para atajar la salida de capitales, pues había que aceptarlo. En su esquema teórico, naturalmente, no había espacio para considerar el tremendo impacto sobre el costo de financiamiento de las pequeñas y medianas empresas, ni sobre sus consecuencias sobre los niveles de empleo. Por desgracia, es este tipo de economista al que se le escucha porque es el que goza de más prestigio en la profesión. Es el que opta por ignorar o no darle la importancia debida a la volatilidad e irracionalidad de los mercados financieros, el que siempre atribuye la causa de la crisis a la intervención gubernamental y nunca a las fallas de mercado, el que la explica como desequilibrios temporales entre oferta y demanda y no como un episodio final de un proceso desembocado de especulación que deja escombros por doquier. Es el que propone y defiende los famosos programas de ajuste estructural. En suma, es el que siendo fiel a su ideología puede limpiar la cara sin ningún cuestionamiento de un conjunto de políticas económicas estrepitosamente fracasadas, sentando entonces las bases para su perpetuación futura. Egresan los más de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos, con el agravante, en este país, de que el conflicto de intereses en que incurren profesores de renombre al financiar sus trabajos de investigación con la prestación de servicios de asesoría empresas financieras, ya dejó de despertar asombro. Pero Europa no se queda atrás. A decir de las declaraciones de las autoridades económicas que defienden las medidas para enfrentar la crisis de la deuda soberana, el ajuste de mercado, para ellos, es el único y mejor instrumento para imponer disciplina en todos esos países periféricos que los conciben como renuentes o incapaces de ejercer control sobre el déficit del sector público. 

Los cánones religiosos de la economía de mercado libre permiten imaginar a la crisis financiera como un proceso necesario para la expiación de los pecados cometidos. Rara vez, sin embargo, sus principales gestores son excomulgados. Quedan, por lo contrario, incólumes y muchas veces hasta se les premia con dádivas; dicho de otro modo, con oportunidades para aumentar y acumular más riqueza. La posibilidad de compra a precios de remate de activos púbicos es un claro ejemplo de esto. De otro lado, la furia divina se desata sobre los que pierden su empleo y pensiones. Al paso que vamos, la crisis presente se encamina precisamente hacia estos destinos disímiles. Los grandes intereses que defienden al sector financiero intentarán salvaguardar, hasta el final, el valor nominal de las acreencias. No importa entonces que el costo de la crisis la carguen los deudores por entero, y que en el proceso los niveles de producción y empleo bajen aún más. Y cuando no se les pueda exprimir más, bienvenido sea el tesoro público para el rescate. A fin de lograr todo esto, podrán contar con la previsible anuencia de los políticos cuyas campañas financian. Y también con el apoyo intelectualmente elegante pero efectivo de los miembros de la disciplina económica. Son sus tontos útiles que ignoran, consciente o inconscientemente, las lecciones de la historia. Contribuyen entonces a que sus errores y grandes injusticias se repitan.

Jorge L. Daly es doctor en Economía Política y ha ejercido como catedrático en Universidad George Washington y The American University en Washington.
El País
http://www.elpais.com/articulo/economia/Crisis/financiera/vision/diferente/elpepueco/20111026elpepueco_17/Tes