sábado, 8 de octubre de 2011

La crisis de los asnos

Un hombre de saco y corbata apareció un día en un importante pueblo del interior.

Se subió, en el mercado, a un cajoncito de fruta anunciando a gritos a los que pasaban que compraría a 100$ cada uno todos los asnos que quisieran venderle.
Los campesinos se hallaban ciertamente sorprendidos pero el precio era tentador y los que aceptaron volvieron a sus casas con las billeteras colmadas, felices como unas pascuas, pensando que con mucho menos podrían volver a comprar otro en el pueblo vecino.

El hombre volvió al día siguiente y ofreció esta vez 200$ por cada asno y nuevamente muchos le vendieron sus animales.

Al día siguiente ofreció comprar a $300 los asnos que aun quedaran en el pueblo.

Como ya no quedaba ninguno ofreció comprar a $500 a quién le llevara uno diciendo que  luego se iría. Ante tal cifra los campesinos fueron a buscar asnos en las aldeas vecinas pero también allí todos los asnos habían sido comprados por “alguien” .

Al día siguiente mandó al pueblo a su socio, a quién nadie conocía  con la recua de asnos que había comprado con la orden de vender cada bestia a $ 400. Viendo la posibilidad de ganar 100$ y no habiendo ya ninguno compraron los asnos por un precio cuatro veces mayor al que los habían vendido y para poder hacerlo se endeudaron con el banco del pueblo que estuvo encantado de concederles un  préstamo.

Como era de prever llegado ese momento los dos hombres de negocios, con el dinero ganado se fueron de vacaciones a un hermoso lugar llamado paraíso fiscal  y los habitantes del pueblo se quedaron endeudados hasta las orejas.

Los desafortunados campesinos trataron en vano de  vender sus asnos para poder reembolsar los préstamos pero el valor de los asnos se había derrumbado.
Los animales fueron secuestrados y entregados por el banquero a sus anteriores propietarios

Pese a lo cual el banquero fue a implorar ayuda al alcalde, dado que si no recuperaba su propio dinero se vería arruinado y tendría que exigirle la devolución de todos los préstamos que le había hecho al municipio.

Para evitar ese desastre, el alcalde en lugar de darles dinero a los habitantes del pueblo para que pudieran pagar sus deudas se lo dio al banquero (que casualmente era amigo suyo y principal asesor).

Y sin embargo este último después de haber recuperado el tesoro, no canceló las deudas de los habitantes del municipio de modo que todos siguieron quedando endeudados. Viendose tan apremiado y a punto de ser ahogado por los intereses, el Municipio pidió ayuda a los pueblos vecinos, pero estos le respondieron que no podrían ayudarlo porque les había acontecido la misma desgracia.

Con el “desinteresado” consejo del banquero, decidieron entonces reducir los gastos, reducir las asignaciones para las escuelas, para la salud, para los servicios sociales, para las calles…

Y llegó el momento de aumentar la edad de la jubilación y de despedir a empleados públicos y privados, de bajar los salarios y aumentar los impuestos.
Decían que era inevitable y prometieron moralizar el escandaloso comercio de los asnos.

Esta triste historia resulta todavía más atractiva si nos  enteramos de que el banquero y los dos pillos son hermanos y ahora viven juntos en una isla de las Bermudas “honestamente” adquirida por haber realizado negocios correctos y legales y con el sudor de sus frentes.

Llamémosles hermanos Mercado quienes generosamente han prometido financiar la campaña electoral del próximo alcalde.

Esta historia no tiene fin porque no sabemos qué harán los habitantes del pueblo.

¡Qué haríamos nosotros?

¡Les recuerda algo esta historia?

Tal  vez no fueran asnos, tal vez fueran otras cosas, pero el asunto fue  más o menos así.

El final está por escribirse y está transcurriendo mientras los nudos se están acercando velozmente al peine…

Carlos Carlesi
Rebelión
Traducción Susana Merino