sábado, 4 de febrero de 2012

El oxímoron de los “mercados autorregulados”

Oxímoron, en el Diccionario de la Lengua Española, significa “combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que origina un nuevo sentido: por ejemplo, silencio atronador”. Otro ejemplo (que no figura en el diccionario) es la expresión “mercados autorregulados”, o sea el sistema neoliberal que para sobrevivir “exige regularmente la intervención estatal y la acción coercitiva del Estado”.

El Consenso de Bruselas, como antes el Consenso de Washington

En la Cumbre de la Unión Europea (UE) que tuvo lugar en Bruselas el pasado 30 de enero se acordó un Tratado sobre la Estabilidad, Coordinación y la Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria que por insistencia de Alemania, como señala el diario británico The Guardian, convierte a la Comisión Europea (CE) en organismo “escrutador” de los presupuestos estatales que de ahora en adelante confeccionarán los países miembros de la UE, y a la Corte de Justicia Europea (CJE) en la institución que aplicará “el rigor fiscal” en la zona euro (ZE).

Para decirlo más claramente, este Tratado (que no forma parte de los Tratados de la UE para evitar el proceso de ratificación y permitir que entre en vigor con únicamente el apoyo de sólo 12 de los 27 países de la UE) convierte a la CE en la instancia supranacional que decidirá, en lugar de los parlamentos, la política del gasto estatal, y a la CJE en la “policía fiscal supranacional” que, retomando la cobertura del diario británico, “puede aplicar de manera casi automática” multas a los Estados que de manera persistente no cumplan con las nuevas reglas que ilegalizan los déficits fiscales. Y el Tratado hace obligatorio para los 17 países de la ZE, y aquellos que serán aceptados en el futuro, la adopción de legislaciones de cumplimiento obligatorio o enmiendas constitucionales para “abolir el derecho de los gobiernos a incurrir en excesivos niveles de deuda nacional”.

La Canciller alemana Angela Merkel, según el diario, dijo que “este freno a la deuda será de cumplimiento obligatorio y válido por la eternidad. Nunca (los gobiernos) podrán cambiarlo mediante una mayoría parlamentaria”. O sea, para decirlo en términos más crudos, la democracia parlamentaria nunca podrá liberarse de esta camisola de fuerza impuesta por los “sagrados” intereses de la plutocracia financiera y sus aliados.

En suma, la UE institucionalizó para la ZE un engendro equivalente al Consenso de Washington (CW de 1989) que con sus diez mandamientos (1) sirvió para que el Banco Mundial, el FMI y demás instituciones controladas por Estados Unidos (EE.UU.), impusieran en América latina durante la década de los 90 las políticas de gobierno destinadas a destruir lo que quedaba en pie del “Estado benefactor” y hacer germinar los “mercados autorregulados”, o sea el neoliberalismo: políticas de austeridad, de déficit cero, de libre comercio, de inversiones extranjeras protegidas, de privatización de los servicios públicos, la “movilidad” laboral para destruir los sindicatos y aplicar bajas salariales, entre otras cosas más que provocaron desastrosas y durables consecuencias socioeconómicas para los pueblos latinoamericanos.

Tal política será ahora aplicada de manera total en Grecia y demás países de la ZE que cargan con el fardo de una deuda pública producto, en buena medida, de la “socialización” de las pérdidas de los bancos privados europeos, que dicho sea de paso han sido y seguirán siendo salvados de la insolvencia por el Banco Central Europeo para que recuperen la posición dominante en el sector financiero.

La deriva autoritaria del gobierno de la señora Merkel quedó en evidencia en los días que precedieron a la Cumbre de Bruselas, cuando funcionarios alemanes filtraron a la prensa que Alemania exigía que “Grecia cediera su poder en materia de presupuestos a la UE”. La propuesta de enviar un “comisario” de la UE para elaborar el presupuesto del gobierno de Atenas causó revuelos en Grecia, Italia y otros países endeudados que, a cambio de una “ayuda” que salvará a los bancos acreedores, deben aplicar los brutales programas de ajustes estructurales y la política de “cero déficit” presupuestario.

Hay analistas, como el estratega de inversiones Marshall Auerback (The Germans Launch a Blitzkrieg on the Greek Debt Negotiations, en nakedcapitalism.com) que en esta amenaza de la Canciller Merkel y la Troika (la CE, el Banco Central Europeo y el FMI), de que “la austeridad fiscal será aplicada en nuestros términos”, ven una señal a los otros países endeudados, como Portugal, España, Irlanda e Italia: “Traten Ustedes de renegociar (la deuda) como están haciendo los griegos y los pondremos bajo nuestro control. La otra alternativa es que se vayan de la ZE”.
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Sin pesimismo, pero el presente se parece mucho al pasado

En 1944, cuando la segunda Guerra Mundial provocada por el fascismo estaba terminando en Europa y continuaba en Asia, el economista húngaro Karl Polanyi publicaba en Londres la primera edición de La Gran Transformación, un libro muy bien documentado sobre la historia del liberalismo económico, el “laissez-faire” o los “mercados autorregulados”, las crisis que provocó a lo largo del siglo 19 y comienzos del 20, su desplome como consecuencia de la Gran Depresión de los años 30 y el surgimiento del corporativismo fascista.

“Retrospectivamente se cargará al activo de nuestra época el haber asistido al final del mercado autorregulador. Los años veinte (del siglo 20) vieron el prestigio del liberalismo económico en su apogeo. Centenas de millones de seres humanos sufrieron el flagelo de la inflación, clases enteras, naciones enteras fueron expropiadas. La estabilización de las monedas devino el punto focal del pensamiento político de pueblos y de gobiernos; la restauración del patrón oro se convirtió en el objetivo supremo de todos los esfuerzos organizados en el terreno de la economía. Se reconoció el reembolso de los empréstitos extranjeros y el retorno a una moneda estable como las piedras de toque de la racionalidad en política, y se consideró que ningún sufrimiento personal, ninguna injerencia en la soberanía era un sacrificio demasiado grande para recuperar la integridad monetaria. La privación de los desempleados a quienes la deflación había hecho perder sus empleos, la indigencia total de los funcionarios cesanteados, sin siquiera una pensión de miseria; e incluso el abandono de los derechos de la nación y la pérdida de las libertades constitucionales fueron juzgadas como un precio justo a pagar para responder a las exigencias de presupuestos sanos y de monedas sólidas, las prioridades del liberalismo económico (Karl Polanyi, La Grande Transformation, Editions Gallimard, páginas 192-193)

Mientras que actualmente el discurso oficial de los gobiernos, instituciones y la plutocracia financiera que propulsan el neoliberalismo ataca cualquier forma de intervencionismo económico, como las políticas de planificación económica y los estímulos para aumentar la demanda agregada y generar empleos, aduciendo que los mercados autorregulados excluyen la intervención estatal, en realidad - y como señalaba Polanyi en la obra citada – “este liberalismo económico exige regularmente la intervención estatal “y la acción coercitiva del Estado”. Pero no para beneficio de la economía, del empleo, sino de los intereses capitalistas que están en posición dominante.

Las sucesivas decisiones de la Cumbre de la UE, y lo mismo podría decirse de las tomadas por los gobiernos de Washington y Londres desde que se disparó la crisis en el 2008 y hasta el momento, son pruebas irrefutables de que los supuestos mercados autorregulados existen y prosperan en detrimento de la población en general gracias a una intervención cada vez más coercitiva de los Estados. Como escribe Polanyi (página 200 de la obra citada), el Estado interviene para establecer (el liberalismo económico) y, una vez establecido, para mantenerlo.

¿Cuáles son los peligros de este intervencionismo antipopular y autoritario del Estado para mantener el neoliberalismo? Recapitulando sobre el nacimiento y la expansión del fascismo como consecuencia de la crisis monetaria, financiera y económica de los años 30, Polanyi apunta que “la obstinación con la cual, durante diez críticos años, los defensores del liberalismo económico habían sostenido el intervencionismo autoritario al servicio de las políticas deflacionistas tuvieron como consecuencia pura y simple el debilitamiento decisivo de las fuerzas democráticas (los partidos socialdemócratas y socialistas, los sindicatos) que habrían podido desviar la catástrofe fascista. Gran Bretaña y Estados Unidos, que no eran los sirvientes sino los patrones de la moneda, abandonaron el patrón oro lo bastante rápido como para escapar a este peligro (página 302), y agrega más adelante (página 305) que si jamás un movimiento político respondió a las necesidades de una situación objetiva, en lugar de ser la consecuencia de causas fortuitas, ese fue bien el fascismo.

El fascismo, continúa Polanyi, proponía una manera de escapar a la situación institucional sin salida que era, en lo esencial, la misma en un gran número de países, y por lo tanto el ensayo de este remedio sirvió para propagar por doquier una enfermedad mortal. Así mueren las civilizaciones. Podemos describir la solución fascista al impasse en el cual se había metido el capitalismo liberal como una reforma de la economía de mercado realizada a cambio de la extirpación de todas las instituciones democráticas, a la vez en el terreno de las relaciones industriales y en el campo político.

No es casual que hoy día, en una situación de grave crisis y con el desempleo alcanzando niveles inaceptables en la UE, particularmente entre los jóvenes, con el empobrecimiento enraizándose aun en partes de la clase media, que la extrema derecha neofascista haya llegado o forme parte de los gobiernos de varios países europeos. Una extrema derecha consistentemente antidemocrática que retoma las banderas del nacionalismo primario y excluyente, que no abandonó su esencia xenofóbica ni el uso de la lucha de clases para amedrentar a las fuerzas realmente progresistas, y que, como en su origen Mussolini y los nazis alemanes, tienen un demagógico discurso “anticapitalista” para atraer el voto de los trabajadores afectados por las bajas salariales o el despido, de la pequeña burguesía aplastada por los monopolios comerciales, industriales y financieros, de las clases medias empobrecidas y carentes de perspectivas.

Todo lo anterior es también válido para Gran Bretaña, EE.UU., Canadá y otros países capitalistas avanzados, donde es evidente una deriva autoritaria que se acentúa con la concentración del poder - por la exclusión evidente de los parlamentos y asambleas nacionales del proceso de debate y toma de decisiones de cualquier asunto de importancia - en manos de los Poderes Ejecutivos que defienden exclusivamente los intereses de las finanzas, de las transnacionales, las petroleras y mineras que a su vez financian los partidos políticos de gobierno, o sea los partidos que se alternan para fundamentalmente proseguir la misma política.

Esta deriva autoritaria para salvar los mercados autorregulados puede terminar en una vieja o nueva forma de totalitarismo. Todo está en su lugar para reprimir el descontento popular que lógicamente nacerá masivamente en los próximos meses, a medida que la situación se deteriore en muchos países. La represión es un elemento indispensable para poder aplicar esta austeridad salvaje. Así fue en Sudamérica, tierra de experimentación del neoliberalismo, de todas las terapias de choque y demás infamias del sistema imperialista, como suele recordar el historiador estadounidense Greg Grandin.

Nota

1.- Los “diez mandamientos” del CW están en su mayoría incluidos en los Tratados y principios que guían la UE. El Tratado adoptado el 30 de enero pasado retoma “primer mandamiento” y lo convierte en un absoluto: Disciplina presupuestaria. Los presupuestos públicos no pueden tener déficit. Los nueve “mandamientos del CW” son los siguientes: Reordenamiento de las prioridades del gasto público; Reforma Impositiva (ampliar las bases de los impuestos y reducir los más altos); Liberalización de los tipos de interés; Un tipo de cambio de la moneda competitivo; Liberalización del comercio internacional; Eliminación de las barreras a las inversiones extranjeras directas; Privatización (venta de las empresas públicas y de los monopolios estatales); Desregulación de los mercados; Protección de la propiedad privada.

- Alberto Rabilotta es periodista argentino - canadiense.
ALAI AMLATINA