domingo, 7 de octubre de 2012

¿Pueden las exportaciones sacarnos de la crisis?

Dado el inevitable retroceso de la demanda doméstica que provocan las políticas de austeridad, las autoridades comunitarias se reafirman en la idea de que el sector exterior es el único motor del que dispone la economía española para impulsar la reactivación y salir de la crisis. A falta de cualquier otro razonamiento o propuesta, el Gobierno de Rajoy ha hecho suyas esa idea y las medidas de recorte que de ella se derivan.
Aclaremos mínimamente el asunto. Se trata del actual sector exportador tal y como está, sin cambios significativos en las actuales especializaciones y sin que se hayan producido inversiones significativas encaminadas a impulsar la innovación, modernizar la oferta productiva o reforzar el progreso técnico (o la productividad global de los factores). En la situación actual ni las empresas tienen el menor incentivo para invertir, debido al retroceso generalizado de la demanda, ni el Gobierno hace el más mínimo intento de mantener el esfuerzo en educación, promover la cualificación de la población activa o reforzar su actividad inversora, obsesionado como está en sumar recortes a los recortes para cumplir con su compromiso de reducir el déficit público y conseguir dejarlo en el 3% del PIB en 2014. Las políticas de austeridad en vigor imposibilitan cualquier proyecto inversor y así, lejos de impulsar un cambio modernizador, el tejido económico y empresarial y el crecimiento potencial se degradan. 

Los datos reflejan que la mejora de las exportaciones netas (o, lo que es lo mismo, la diferencia entre exportaciones e importaciones de bienes y servicios) favoreció el pequeño crecimiento real del PIB de 2011 (un 0,7%) y logró frenar el hundimiento del producto en los años 2009 (-3,7%), 2010 (-0,1%) y, previsiblemente, 2012 y 2013. Pero, más allá de ese innegable papel positivo jugado por la demanda externa, resulta pertinente interrogarse sobre la suposición que sustenta el horizonte de reactivación económica que ansían las autoridades económicas españolas y comunitarias. ¿Puede ser la demanda externa la pieza esencial que permita  recuperar el crecimiento?

Ya que el inevitable proceso de desendeudamiento de hogares y empresas se va a prolongar durante años, que el recorte del gasto público es una columna básica de la estrategia conservadora de salida de la crisis y que las altas tasas de paro suponen una presión sobre los salarios que se ha visto reforzada por las sucesivas reformas del mercado laboral, ¿pueden crecer las ventas exteriores hasta el punto de compensar el retroceso de la demanda doméstica?

Los datos muestran que, hasta ahora, no ha sido así. La mejora de las exportaciones netas no ha sido suficiente para neutralizar el hundimiento de la demanda doméstica ni para recortar en lo más mínimo una deuda exterior bruta que desde el año 2010 se sitúa en torno a los 2,3 billones de euros y rebasa los máximos admisibles por los acreedores. Todo parece indicar que en unos meses, quizá semanas, el Gobierno de Rajoy se verá obligado a solicitar el rescate de la economía española: los flujos de financiación externa que los mercados se niegan a ofrecer o conceden con unos desorbitados e insoportables intereses serán sustituidos por la ayuda financiera de nuestros socios de la eurozona que inevitablemente estará asociada a una condicionalidad estricta que implicará nuevas medidas de austeridad.

Aunque el buen desempeño de las exportaciones netas ha permitido reducir significativamente el déficit exterior por cuenta corriente, no ha generado un impulso de la actividad económica que permita cumplir con las exigencias comunitarias de disminuir el déficit presupuestario en la fecha y cuantía comprometidas. De hecho, tampoco ha permitido sortear la nueva recesión.

Pero eso ya es pasado. Reformulemos la pregunta pensando en lo que está por venir. ¿Podrá la reiterada e intensa presión adicional sobre los costes laborales que lleva a cabo el Gobierno de Rajoy conseguir un aumento de las exportaciones netas capaz de lograr que el producto crezca? Una respuesta afirmativa a esa pregunta tendría un triple interés para el Gobierno del PP y las fuerzas que lo respaldan: por una parte, dotaría de legitimidad a las duras medidas de recorte presupuestario que está aplicando; por otra, permitiría dar cierta verosimilitud a la falsa creencia de que existe alguna relación entre la austeridad que se practica y la reactivación que se pretende; y por último, ofrecería una mínima apariencia de consistencia al intento de equilibrar las cuentas públicas y la balanza por cuenta corriente en plazos muy cortos y con medidas extremistas que, a falta de un milagro, condenan de antemano tal pretensión al fracaso.

La existencia de poderosas fuerzas interesadas en obtener esa respuesta positiva explica una parte de las categóricas manifestaciones afirmativas realizadas por economistas conocedores de su oficio y poseedores, se supone, de una inteligencia media similar a la que pueda encontrarse en otros colectivos profesionales. Sin embargo, la respuesta no puede ser terminante, ni en un sentido afirmativo ni negando toda posibilidad a que las exportaciones netas acaben convirtiéndose en uno de los motores de la reactivación económica.

La respuesta a la pregunta que nos ocupa debería ser negativa si las tasas de interés a largo plazo continuaran en los altos niveles actuales y obligaran a agentes económicos públicos y privados a cargar con unos costes financieros insoportables. Tal situación supondría que la ya de por sí difícil tarea de compensar la caída de la demanda doméstica con un aumento muy superior de las ventas exteriores no tendría ninguna posibilidad de ser culminada con éxito. Sin un cambio de rumbo en la actuación de las instituciones de la UE, en primer lugar del BCE, orientado a impedir de forma permanente que inversores y especuladores determinen primas de riesgo tan dispares entre los miembros de la eurozona y a reducir la actual dependencia de los mercados financieros a la hora de proveer la imprescindible financiación externa, habría muy escasas posibilidades de que el aumento de las exportaciones netas se convirtiera en la puerta de salida de la crisis para la economía española. Sin la intervención del BCE y sin la ayuda de los socios comunitarios para reducir de forma sustancial y permanente los costes financieros que soportan los países periféricos no hay motores que valgan. El decrecimiento del producto se prolongaría.

Contemplemos escenarios más favorables. Supongamos, por un momento, que las instituciones comunitarias facilitan a España la financiación necesaria, a unas tasas de interés soportables y que tal ayuda está disociada de un dogal de condiciones que hagan invivible la pertenencia a la eurozona. Podría argüirse que tal escenario es, visto lo sucedido en los dos últimos años, poco probable; pero al manejar esa hipótesis no se pretende dar verosimilitud a la concesión de ayudas vinculadas a una condicionalidad razonable; tampoco, negar las posibilidades de que se produzca. Simplemente se intenta llevar un poco más lejos de lo que resulta evidente la reflexión sobre la naturaleza de los problemas estructurales específicos que debe afrontar y superar la economía española. A efectos de lo que aquí nos interesa, podría tratarse o bastaría con una actuación más activa y prudente del BCE destinada a mantener los costes financieros en unos niveles asumibles e impedir que los mercados estén sometidos de forma recurrente a presiones especulativas. Y supongamos también, para despejar aún más las incertidumbres, que se completa con éxito el proceso de reestructuración y recapitalización del sistema bancario español apoyado en la ayuda de 100.000 millones de euros aprobada por el Eurogrupo.

Aparentemente, una vez apartados de ese escenario ideal los problemas de financiación y altos intereses que sufren la deuda soberana de España y los muy endeudados agentes económicos privados, la respuesta al interrogante planteado se antoja fácil: menores costes laborales y financieros permitirían ganancias de competitividad basadas en la reducción de los precios que favorecerían el aumento de las ventas exteriores y el retroceso de los bienes importados y, como consecuencia, un aumento de la actividad económica y los empleos vinculados a las mayores ventas, tanto en el mercado nacional como en los mercados exteriores.

Sin embargo, en las relaciones económicas como en tantos otros aspectos de las relaciones sociales, la solución de los problemas no es tan simple como parece o nos quieren hacer creer. Hace falta añadir algunas dosis de complejidad para sopesar algunas incógnitas sobre las interrelaciones entre los diversos factores económicos en presencia y sus potenciales resultados.

En primer lugar, los menores costes laborales no se convierten automáticamente en menores precios. En segundo lugar, que esos menores precios de los bienes y servicios puedan impulsar un incremento de las exportaciones en volumen dependerá de hasta qué punto las exportaciones españolas están condicionadas por los precios (o lo que es lo mismo, hace falta saber la elasticidad demanda-precio de las exportaciones y si existen otras características ajenas al precio que tengan mayor o igual incidencia sobre la demanda externa). En tercer lugar, el crecimiento de las exportaciones puede requerir un aumento significativo de las importaciones que, dependiendo de su importancia, podría dejar el déficit comercial en un nivel similar al que existía antes de reducir los costes laborales. Y en cuarto lugar, para no hacer una lista interminable de condicionantes, el crecimiento del comercio mundial o la expansión de los mercados comunitarios no son acontecimientos seguros ni procesos que afectan a todos los bienes y países por igual; hace falta comprobar qué mercados exteriores están en condiciones o pueden expandirse en el corto plazo, a qué bienes afectará esa mayor demanda y qué países están en mejores condiciones de salir beneficiados de una competencia que va a ser muy dura y que, inevitablemente, impactará de forma negativa sobre las economías perdedoras.
Como se ve por lo apenas apuntado en las líneas anteriores, para vincular la reducción de los salarios reales que comenzó a partir de 2009 con un imprevisible futuro en el que se concretaría el sueño de un notable y suficiente crecimiento de las exportaciones netas hace falta considerar unas oportunidades y restricciones que generan un relato algo más racional y complejo que el cuento de la lechera en el que se ha transformado el análisis económico para consumo de una opinión pública que se quiere rendida y desinformada.

Incluso en el hipotético caso de que se solucionaran los problemas financieros de los países de la periferia del euro y de sus sistemas bancarios, para responder a la pregunta de si el sector exterior puede sacar a España de la recesión, haría falta incorporar al análisis una larga lista de condiciones no siempre fáciles de cumplir y de obstáculos difíciles de superar. Sin perder de vista que hay otros socios que están en parecidas condiciones, pretenden los mismos objetivos y van a competir para lograrlos.

Tal situación nos remite a un hecho que suele pasar desapercibido, pero que por su enorme trascendencia merece al menos ser mencionado. Más allá de los problemas de inestabilidad financiera, desequilibrio en las cuentas públicas, reducción de los flujos crediticios, primas de riesgo y demás problemas financieros que son evidentes y que están en el día a día de la agenda política y en el foco de las preocupaciones de la opinión pública, resulta imprescindible abordar los problemas económicos de igual o mayor calado que, pese a no disponer de tanta visibilidad, afectan de forma tanto o más intensa a la eurozona y al conjunto de la UE.

Uno de esos problemas económicos toma la forma de una grave fractura que separa a los países del centro de la eurozona, con superávits en sus balanzas comerciales y por cuenta corriente, de los países de la periferia, afectados por déficits en sus cuentas exteriores de carácter permanente que han elevado el endeudamiento de los agentes económicos públicos y privados hasta cotas insoportables. Déficits que generan problemas de falta de liquidez e insolvencia que no pueden resolverse apelando exclusivamente a la mejora de la competitividad de las economías periféricas por la vía de reducir los precios.

Los desequilibrios macroeconómicos que muestran las economías periféricas son consecuencia, en parte, de las deficiencias productivas acumuladas antes de su incorporación al proyecto comunitario; pero son también el resultado del normal funcionamiento del mercado único y la lógica económica asociada a la existencia del euro que han favorecido su desindustrialización y una especialización productiva basada en actividades y servicios de escasa densidad tecnológica y muy intensivos en la utilización de fuerza de trabajo poco cualificada y mal remunerada. Tras el estallido de la crisis, la pésima gestión realizada por las instituciones europeas y la nefasta estrategia de salida de la crisis que se obstinan en aplicar no han hecho sino agravar unas deficiencias que requieren ser abordadas por las instituciones comunitarias, además de por los países afectados, porque sólo desde una intervención colectiva, solidaria y multilateral tienen solución.

Para que los países periféricos encuentren la puerta de salida de la crisis no basta con resolver los problemas relacionados con la inestabilidad financiera derivados de las debilidades e incoherencias institucionales del actual diseño de la eurozona. Hay otras muchas tareas, tanto o más importantes, que deben ser abordadas. Por ejemplo, fortalecer y ampliar los, en general, menguados sectores manufactureros de las economías periféricas. O impulsar un cambio en sus especializaciones productivas y exportadoras que disminuya la prominencia de los sectores, bienes y servicios que se caracterizan por su bajo valor añadido y escasa cualificación laboral. Problemas relacionados con el progreso técnico, la innovación, el esfuerzo educativo, la cualificación de la fuerza de trabajo o la importancia de la renovación del aparato productivo que no son el resultado exclusivo de los errores o malas decisiones realizadas por autoridades y agentes económicos de los países periféricos ni, menos aún, de una irresistible inclinación a la corrupción, la pereza o la ostentación que deba ser corregida mediante estrictas penitencias de austeridad y recortes. Antes bien, esos graves problemas reales de las economías periféricas son también el resultado lógico de compartir una moneda y un mercado único que alentaron los flujos de financiación desde los países excedentarios del norte de la eurozona a los países deficitarios del sur a la búsqueda de mayores rentabilidades que en sus países de origen.

Los países acreedores nunca llegaron a considerar o no les importaban los altos riesgos que estaban asumiendo, las burbujas especulativas que generaban, los desequilibrios en las cuentas exteriores de los países deudores que llevaron a cotas insostenibles, las graves fracturas que incrementaban la heterogeneidad y las desigualdades económicas y sociales entre los Estados miembros o las actividades y especializaciones productivas y exportadoras que reforzaban en función de las ventajas comparativas que ofrecían las economías periféricas.

La eurozona, tal y como está o como funciona, no puede poner en pie un proyecto de unidad europea basado en la cooperación y la solidaridad de todos los Estados miembros que permita un reparto equilibrado de beneficios, costes y riesgos, promueva el bienestar social y la convergencia productiva y reafirme el objetivo de impulsar de verdad la cohesión social y territorial de todos sus componentes.

Tras esta incursión en las fracturas estructurales que afectan a la eurozona y en sus graves consecuencias para el futuro del proyecto de unidad europea, volvamos a retomar el hilo central de la argumentación a propósito de las condiciones y los factores que deben tomarse en consideración para sopesar las posibilidades de que la demanda externa se convierta en motor principal de la reactivación económica:

Primero. La situación de la eurozona se ha deteriorado en los últimos meses y está a punto de entrar en una nueva recesión como consecuencia de la estrategia de austeridad extrema y generalizada que se ha impuesto y la pésima gestión realizada por las instituciones comunitarias. Las últimas estimaciones, publicadas en agosto, indican que la eurozona podría entrar formalmente en recesión al finalizar este tercer trimestre de 2012 y que la contracción del producto se situaría al finalizar el año en el -0,3%, según el FMI, o en el -0,1% que pronostica el BCE, con un posible abanico que sitúa entre el 0,6% y el -0,2%. En el mejor de los casos, ese puntual y ligero decrecimiento dará paso a un largo periodo de precario crecimiento hasta poder considerar que la crisis ha finalizado. Acabar con la crisis supone la recuperación de buena parte del empleo perdido, un reequilibrio de los balances patrimoniales de los agentes económicos privados (que presentan unos pasivos muy elevados y unos activos cuyo proceso de desvalorización y deterioro dista mucho de haber acabado), la reducción de los déficits públicos y por cuenta corriente y una disminución progresiva de los niveles de la deuda externa neta, tanto de la que corresponde al sector público como a los agentes económicos privados. Cumplir esas condiciones y poner el punto final a esta crisis, al estancamiento económico y a los desequilibrios macroeconómicos no van a ser tareas fáciles ni cuestión de uno o dos años. No parece que los mercados europeos, que son el principal destino de nuestras ventas exteriores, puedan sostener un crecimiento suficiente de las exportaciones españolas y, no se olvide, de los otros países periféricos que pugnan también por incrementar sus cuotas en esos mercados.

Segundo. Las exportaciones españolas de bienes y servicios suponen una cuantía próxima a la mitad del valor que alcanza el gasto en consumo final de los hogares y en torno al 40% si se suma al gasto de los hogares el de las Administraciones públicas (AAPP). Cuantificar las consecuencias de ese dato, con un ejemplo muy simple, permite calibrar el desafío: la reducción en un punto porcentual en la demanda de los hogares debe ser compensada, para mantener el producto en el nivel inicial, con un incremento de las exportaciones de más de dos puntos porcentuales. Y eso sin tener en cuenta el gasto de las AAPP, que también está en declive, ni el imprescindible incremento de las importaciones que supondría cualquier aumento de las exportaciones, ya que gran parte de los bienes que se venden en los mercados exteriores incorporan bienes importados (especialmente productos energéticos, pero también tecnología, componentes y bienes de equipo). Por ello, el incremento de las exportaciones debe ser sustancialmente mayor que esos dos puntos porcentuales para compensar la caída en un punto del gasto en consumo final de hogares y AAPP. Tampoco esta tarea se antoja fácil. Una restricción añadida es la fuerte dependencia que tiene el sector exportador del acceso a la financiación exterior y del correcto funcionamiento de unos mercados de crédito y seguros al que no contribuyen en nada la inestabilidad financiera que sufre la eurozona, las incertidumbres sobre el futuro del euro y los fracasos obtenidos por la estrategia conservadora de salida de la crisis.

Tercero. A los diferentes procesos de desindustrialización experimentados por la economía española desde mediados de los años setenta, la crisis actual ha añadido una caída de la producción industrial de alrededor del 20% en el periodo 2008-2011 que aún no puede darse por finalizada. El reducido tamaño de la industria manufacturera española resultante de ese largo y heterogéneo movimiento desindustrializador (el sector manufacturero supone actualmente algo menos del 13% del empleo total; y en términos de valor añadido, apenas aporta al PIB un porcentaje ligeramente inferior), hace muy problemático que las posibles mejoras de productividad, innovación y competitividad pudieran tener un impacto importante sobre el conjunto de la economía. Haría falta un proceso previo o simultáneo de reindustrialización y modernización de la estructura productiva, para que el efecto del incremento del progreso técnico en un sector manufacturero con mayor peso relativo que el actual  pudiera tener una influencia significativa en el equilibrio de las cuentas exteriores. Sin ese mayor peso del sector manufacturero y sin su modernización, el crecimiento de la economía española seguiría dependiendo en gran medida de las importaciones de bienes de capital, tecnología y, por supuesto, energía. Y, como consecuencia, seguiría presentando déficits por cuenta corriente y dependiendo de la correspondiente financiación externa que, con los actuales altos niveles de deuda exterior, le regatean o directamente le niegan los mercados.

Cuarto. En los momentos iniciales del euro y durante el periodo inmediatamente anterior al estallido de la crisis (entre el año 2000 y el 2008), el nivel general de precios de la economía española aumentó a un ritmo significativamente mayor que los precios de la eurozona o la UE, sin que ni ese diferencial ni la importante apreciación del euro en esos años impidieran un notable crecimiento de las exportaciones españolas de bienes y servicios (que aumentaron casi un 60% en valor y algo más del 30% en volumen), muy superior al de la mayoría de nuestros socios y solo algo inferior al logrado por Alemania. Lo mismo cabe decir del fuerte incremento de los costes laborales unitarios en ese periodo, que tampoco supuso un obstáculo capaz de impedir el fuerte avance de las exportaciones españolas. Tales hechos indican que la demanda exterior de los bienes exportados por la economía española ha sido tan poco sensible al incremento de los precios domésticos o de exportación como dependiente del crecimiento de nuestros socios comunitarios. Esa baja elasticidad-precio de las exportaciones españolas (estudios empíricos sobre la evolución de los precios de exportación y la exportaciones en los últimos años cuantifican en torno a 0,7 dicha elasticidad) puede deberse a muy diferentes causas. Pudiera ser que el bajo nivel de costes laborales y precios de partida en la economía española, respecto al de nuestros principales socios y competidores comunitarios, permitía un amplio margen de subida de precios y costes que debilitaba su incidencia negativa sobre las exportaciones. También podría achacarse al aumento del número de empresas exportadoras y a su buen hacer, ya que lograron diversificar los mercados de destino, incrementar la propensión a exportar de las empresas que ya estaban posicionadas en los mercados exteriores y reforzar el peso relativo de las ventas de alta tecnología (sectores aerospacial, química, maquinaria no eléctrica y armamento). El caso es que las exportaciones españolas se mostraron parcialmente inmunes al mayor crecimiento de los precios de exportación.

A partir del año 2008 se invierte el proceso y los precios españoles crecen menos que los de la eurozona, especialmente en las fases de recesión, es decir desde la segunda mitad de 2008 hasta finales de 2009 y a partir del último trimestre de 2011 hasta el momento actual. Pese a ello y a la mejora de la competitividad que conlleva el menor crecimiento de los precios, el aumento de las exportaciones ha sido escaso (aunque algo mayor que el de la mayoría de los países de la eurozona) y el peso relativo de las exportaciones españolas en las exportaciones mundiales retrocedió ligeramente en el periodo 2009-2010. Tal evolución refuerza la hipótesis de la baja incidencia de los precios en el desempeño de las exportaciones y, por el contrario, la significativa repercusión de la intensidad del crecimiento o decrecimiento de las economías que compran los bienes españoles.

Quinto. Tras el estallido de las burbujas inmobiliaria y financiera, el exagerado peso que habían conseguido en la economía española los sectores vinculados al ladrillo se ha reducido de manera intensa y, en gran parte, irreversible. De igual forma se han debilitado los sectores que ofrecen servicios a las personas y que se caracterizan por su fuerte dependencia de unas rentas de los hogares que han sufrido y sufren los impactos negativos del crecimiento del desempleo, las políticas de austeridad y la reducción de los salarios. Las altas tasas de desempleo y el impacto de los recortes del gasto público sobre el empleo, los salarios de los trabajadores de las AAPP y las rentas dinerarias que reciben pensionistas, parados y personas acogidas a diversos programas de protección social están suponiendo una merma muy significativa de los ingresos de los hogares que necesariamente se traduce en una reducción de su demanda, que sigue siendo, pese a su continua reducción desde el año 2008, el mayor componente del PIB. A esos impactos hay que sumar la drástica reducción de la inversión pública y privada (dada la atonía de la demanda y el bajo nivel en la utilización de la capacidad productiva) y el necesario desendeudamiento que deben proseguir haciendo los agentes económicos.

Sexto. Dado el todavía muy importante déficit por cuenta corriente de la economía española y el notable nivel de endeudamiento externo, los designios de la estrategia conservadora de salida de la crisis establecen como requisito imprescindible e inmediato que los países sometidos a mayores presiones financieras lleven a cabo una depreciación real de la tasa de cambio que les permita recuperar la competitividad perdida, porque presuponen que esa pérdida de competitividad ha sido la causa esencial que ha generado los déficits comerciales y corrientes. Como ya se ha mencionado, para conseguir esa devaluación interna haría falta, como primera exigencia, la reducción de los costes laborales; y como requisito paralelo que los menores costes se convirtieran efectivamente en menores precios. El problema que se ha planteado hasta ahora es que mientras los salarios nominales por trabajador se estancan o experimentan un muy débil crecimiento desde el año 2009, los precios muestran una imparable propensión a seguir subiendo. El resultado de ese desacompasado discurrir de precios y salarios es una notable degradación de los salarios reales sin que de forma paralela se produzca una disminución de los precios. La rigidez de los precios contribuye a que la lenta y precaria mejora de las exportaciones, además de implicar importantes y crecientes costes sociales y económicos, sea insuficiente para neutralizar la caída de la demanda doméstica y no pueda evitar la recesión.
Resulta difícil creer que, con el cúmulo de condicionantes y restricciones apenas entrevistos en los puntos anteriores, las exportaciones puedan convertirse en el motor de la reactivación económica y sean capaces de compensar la caída de la actividad económica derivada del retroceso de la demanda doméstica. Lo más probable sigue siendo, como en los últimos dos años, que la mejora de la demanda externa neta siga siendo insuficiente y no permita una recuperación del crecimiento y el empleo. Si fuera así, las políticas de austeridad condenarían a la economía española a una larga travesía por el desierto del estancamiento económico, los recortes y los sacrificios sociales que de nada sirven y que no conducen a ninguna parte.

La salida de la crisis de la economía española requiere, en todo caso y en cualquiera de los escenarios imaginables, solucionar también los problemas de la economía real: superar la escasa innovación y el bajo nivel educativo de una parte importante de la población activa; una modernización productiva y un cambio sustancial de las especializaciones exportadoras; una reforma fiscal progresista que obtenga los recursos necesarios para hacer viable esa modernización; cambios sustanciales en la estrategia de salida de la crisis que se ha impuesto y en las medidas de recortes presupuestarios y retrocesos de los salarios que la sustentan.

Mientras esa modernización de la oferta productiva no se produzca, los aumentos de las exportaciones netas serán insuficientes y poco duraderos. Peor aún, cualquier avance de las exportaciones tendría como contrapartida la reducción de los derechos laborales y sociales, el empeoramiento de los salarios y las condiciones de trabajo de la mayoría y un incremento de las desigualdades sociales, la pobreza y la exclusión. En condiciones de recuperación del crecimiento, la expansión de las exportaciones ocasionaría un incremento paralelo de las importaciones que anularía en gran parte sus potenciales efectos positivos sobre el crecimiento del producto o terminaría ahogándolos.

Sin modernización de la oferta productiva, los logros exportadores que pudieran conseguirse no permitirían recuperar los empleos y actividades que se han perdido ni contribuirían a reducir hasta niveles asumibles los desequilibrios de las cuentas exteriores. En definitiva, no serían suficientes para salir de la crisis pero se bastarían para empobrecer a la mayoría e incrementar las desigualdades sociales y territoriales.

Gabriel Flores
EconoNuestra
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